CHRISTIAN MACÍAS
- Sabrina Bianchi
- hace 20 horas
- 8 min de lectura

Soy Christian Macías Retamar, tengo 28 años y soy Licenciado en Comunicación por la Facultad de Información y Comunicación (FIC) de la Universidad de la República (Udelar). Al momento de esta publicación soy asesor y consultor en Comunicación Política en la Junta Departamental de Montevideo y en la Cámara de Representantes.
Entre 2022 y 2025 estuve a cargo de la dirección de la Oficina de Comunicación de la Dirección Nacional de Educación del Ministerio de Educación y Cultura (MEC), lugar donde me involucré en proyectos orientados a públicos muy diversos, de manera digital y en territorio en todo el país, lo que me convirtió en un apasionado por la comunicación gubernamental, que analiza hoy de manera crítica.
Me encuentro cursando la Maestría en Dirección de Comunicación y Marketing en la Escuela de Posgrados en Comunicación y Diseño de la Universidad ORT Uruguay. Además, desde febrero de 2026 integro el Consejo de la FIC como miembro por el orden de egresados.
El Estado comunica el qué sin saber el porqué
Vivimos en una era atomizada de información. El Estado sabe que tiene cosas importantes que contarle a la población, pero corre con desventaja respecto a otros actores. En las pantallas que usamos a diario, más grandes o más chicas, visualizamos todo tipo de contenidos: noticias, entretenimiento o mera publicidad. Tenemos una capacidad de retención cada vez menor y, a sabiendas de esta realidad, cada actor que tiene un mensaje que dar busca ajustarse a la realidad siempre cambiante.
Dada su realidad burocrática, el Estado, basado en el derecho público, sólo puede hacer aquello que la ley dice que puede hacer. Esto hace que, a priori, tenga limitada su capacidad de innovación y de adaptación a las nuevas tendencias, quedando esta posibilidad sujeta a la voluntad y visión de liderazgo de líderes y funcionarios individuales.

En el campo de la comunicación gubernamental la lógica no es distinta, pero antes de pensar en cómo subirnos a la ola, nuestro panel de control muestra otras luces: avanzamos con recursos humanos insuficientes, intentamos trasladar lógicas de trabajo, recibimos órdenes desde la jerarquía difíciles de rebatir en lo práctico y transitamos mecanismos administrativos largos y tediosos para usar los recursos económicos asignados. Para seguir adelante, mucho pragmatismo y, sobre todo, no perder de vista para qué hacemos lo que hacemos, como forma de poner orden y establecer prioridades en un mazo donde las cartas suelen estar ya muy mezcladas. Mucho de esto era mi realidad diaria durante mi experiencia en la Dirección Nacional de Educación (DNE) del Ministerio de Educación y Cultura (MEC), y es el origen de algunos aprendizajes sobre los que me refiero a lo largo de este artículo. La DNE es una unidad, una porción de un organismo más desde el cual observar la maraña institucional uruguaya, pero su contexto nos permite proyectarlo a cuestiones que pueden interesar tanto al público en general como a actuales y futuros directores de Comunicación (Dircoms).
Para avanzar en el propósito, es bueno tomar algunos conceptos que aporta Simon Sinek, uno de los autores que analizamos en el curso de #DircomUY. En su libro Empieza con el porqué (2018), mediante el concepto del círculo dorado, nos hace una invitación a pensar el porqué de nuestra organización, una capa más profunda de abstracción luego del qué hace y cómo hace aquello que hace. Nos desafía a pensar para qué existe, a efectos de este artículo, este o aquel organismo público: qué finalidad persigue y por qué es importante el trabajo que realiza.
La respuesta rápida está, con frecuencia, en la ley que creó el organismo, o en algunas de las actualizaciones de sus cometidos dentro del vasto articulado de alguna Rendición de Cuentas. Esto suele ser materia prima para una definición escueta en la sección institucional del sitio web. Pero también puede estar en la exposición de motivos del proyecto de ley, que, por lo general, no trasciende más allá del trámite parlamentario. O, incluso, ser un párrafo perdido en un programa de gobierno de un partido. A veces la respuesta vive en las mentes de sus idearios: legisladores o políticos que construyeron los consensos que dieron nacimiento a cierta política de Estado. Otras veces, ninguna de estas fuentes que mencioné está al alcance de nosotros, los Dircoms, y quienes sí lo están no nos dan suficientes respuestas. A veces, la respuesta la tiene el jerarca del momento (sujeto al cambio de un período a otro), pero en ocasiones ni siquiera ellos lo saben. Por último, en ocasiones toca mirar más hacia adentro e intentar encontrar respuestas fragmentadas entre los distintos funcionarios.
Acaba siendo tarea de los Dircoms localizar o colaborar para traducir o poner en palabras el sentido de nuestra organización, sobre el cual construir un hilo conductor. En definitiva, comunicar también supone ayudar a las organizaciones a entenderse a sí mismas. Al momento de comenzar mi responsabilidad sólo contaba con un brevísimo “ser el órgano rector de las políticas educativas”, por lo que durante los siguientes meses me embarqué en una búsqueda de sentido, escuchando atentamente a mi jefe, el señor director (y a su jefe, el señor ministro) pero también observando hacia dónde convergían las acciones de los distintos programas y unidades, tratando de poner en palabras aquello que no estaba escrito.

Pero, ¿para qué es importante este insumo? Como dije antes, nos permite poner en orden las ideas y contar con un hilo conductor que dé sentido a todo nuestro trabajo, tanto a nuestro plan de comunicación y a todos los productos de una Unidad de Comunicación: noticias, videos, comunicados, posteos, manuales de uso interno, e incluso para definir el espíritu detrás de eventos y todos aquellos ámbitos en donde se requiere nuestra participación.
Con el tiempo, comprendí que bajo la premisa de ser el rector en temas educativos (conflictos y superposiciones de competencias mediante con otros organismos) se mostraban menos otros porqués que estaban implícitos en la tarea, como promover la descentralización, la innovación y generar experiencias modelo para ser replicadas por el resto del sistema educativo, público y privado. La DNE es una unidad con una extensión limitada (algunos programas tenían más de 20 experiencias repartidas en todo el territorio nacional, y otros tan sólo 3 o 4), con competencias y acciones muy disímiles entre sí (desde regular la Educación Superior privada, promover el pensamiento científico, hasta investigar y promover la alfabetización en privados de libertad). Sin embargo, en todo lo que hacía buscaba ser un reflejo que inspirase acciones tanto dentro como fuera de las fronteras de nuestro país. Una vez entendí ese porqué, pude trabajar más fácilmente en el cómo y el qué.
Comprendí también que la población merece saber los porqués de todo aquello que hay y se hace como forma de, en la vida democrática, 1) tener insumos para juzgar el uso de los recursos públicos y 2) saber si se es eventual beneficiario de aquello que el Estado pensó para un sector u otro de la población. Parece obvio, pero en los hechos a veces este razonamiento se olvida. Como Dircoms, en la prisa diaria caemos en la lógica de satisfacer a nuestros jefes para evitar represalias, de llegar a tiempo con el producto que sea, y de trasladar a los medios de comunicación la responsabilidad de digerir el material y darle las explicaciones a la gente, bajo el riesgo de que el mensaje no llegue como nosotros realmente queríamos.

Caemos con frecuencia en el error de ser excesivamente técnicos, o en mostrar demasiado a los actores políticos: la foto del corte de cinta o del panel con varios jerarcas sentados en una mesa. Es cierto que, a veces, mostrarles haciendo y discursando es importante porque permite contarle a la población los porqués de nuestra acción, pero no alcanza. Dejamos en un segundo plano la cosa anunciada o la cosa hecha que, en definitiva, es lo que a la gente más le importa y por lo que entró a nuestros canales de comunicación. Sobre todo, nos perdemos de construir un relato que le permita saber al ciudadano de a pie, que no hipercontextualizado como nosotros, cómo esta acción dialoga con esta otra en el marco de un programa tal que busca unos objetivos determinados. Algunos podrían decir que el Estado no debería perder el tiempo en construir relatos, que sólo debería comunicar objetivamente pero, lejos de una intención propagandística, hay un objetivo superior que es el de explicarle a la población el sentido de una política pública.
Propongo también preguntarnos como Dircoms los porqués de cada acción que tomamos, incluso de nuestro rol dentro de la organización. ¿Nos conformamos con ser una mera oficina de prensa, o debemos ir más allá? ¿Qué tipo de mensaje quiero que le llegue a la población? Y, como Dircom en el ámbito público, una pregunta más: ¿qué responsabilidad tengo yo y mi organismo ante la población, a la que se supone que sirvo y me debo? Hablamos entonces de responsabilidad democrática.
Me esforcé durante mi tiempo en la DNE a darle voz e imagen a una multitud de programas, iniciativas, convenios y beneficios sobre los que no había una sola referencia en el sitio web institucional, cuando tampoco en las redes. Políticas públicas enteras que no se comunicaban salvo, muchas veces, por los propios profesionales a cargo. No estábamos siendo transparentes en varios de esos qué, para qué, con quiénes y con qué recursos. Proyectemos esta situación a todo el Estado. No sólo no se hace esa reflexión del porqué; tampoco estamos siendo responsables como profesionales.
Todo este razonamiento me resulta en un llamado a la acción. La comunicación no puede quedarse en ser una suerte de cartelera o diario que cuente de manera superficial lo que hace nuestra organización. Tampoco caer en una lógica de contar lo que hago para que nadie reclame después que no lo hice. No es sólo rendir cuentas. Tiene que ir más allá.
Si entendemos el porqué, entonces el paso siguiente en nuestro razonamiento debería ser adoptar un rol activo a través de una política de comunicación que busque acercar a la población la información en lenguaje simple y llano. Que, dentro de la atomización informativa que describí al comienzo, la mayor cantidad posible de gente no sólo sepa que existimos, sino cuál es nuestro cometido y con qué acciones lo llevamos a cabo, que se enmarcan en cierto contexto. Acercarnos lo más posible a la meta de que ningún ciudadano que es beneficiario directo de una política pública se esté perdiendo de saberla. Y no contentos con eso, luego trabajaremos en facilitarle el acceso a la información completa para que, eventualmente, pueda usufructuar aquello que el Estado determinó que es un derecho para él.
Nuestro esfuerzo no radica sólo en generar buenos mensajes para afuera, sino en contagiar ese entusiasmo hacia adentro, tanto de nuestro equipo de Comunicación como en el resto de la organización, para así recibir más y mejores insumos con los que crear mensajes todavía más poderosos y eficientes.
Al final, los Dircoms también somos agentes activos del cambio, pero si primero no establecemos un porqué como base sólida de nuestro trabajo, no podremos pasar a la siguiente fase, la de subirnos a la ola de las últimas tendencias, replicando dinámicas y lenguajes nuevos porque, de otra forma, dicho trabajo redundaría en meros mensajes vacíos. Podremos haber adquirido las formas, pero seguiríamos sin encontrar el verdadero sentido de fondo.
La corrección final de este artículo fue asistida mediante el uso de inteligencia artificial generativa (IAG) a efectos de mejorar la estructura argumental y el estilo.
Las imágenes que ilustran este artículo son adaptaciones caricaturescas de fotos reales seleccionadas de portales del Estado uruguayo, realizadas con IAG.





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