LETICIA BENÍTEZ
- Sabrina Bianchi
- hace 6 días
- 10 min de lectura

Soy Leticia Benítez. Licenciada en Ciencias de la Comunicación egresada de la Universidad
de la República. Desde hace 15 años trabajo en comunicación política.
Mi interés por este tema nace de mi práctica profesional en comunicación y una preocupación, que desde hace años me interpela y tiene que ver con las transformaciones que las tecnologías digitales están imponiendo a la vida pública. Trabajar cotidianamente con organizaciones políticas en distintas campañas me ha permitido observar de cerca
cómo cambiaron las reglas del juego en poco tiempo. Por un lado, la profunda transformación de la identidad, el desdibujamiento de los márgenes entre lo público y lo
privado, la economía de la atención. Y por otro: la polarización, las Fake News y la
fragmentación de los públicos.
Disputa por la atención, algoritmos y erosión democrática
Modo scroll: la atención como mercancía
En la actualidad existen laboratorios científicos dedicados a estudiar como retenernos en las pantallas. Equipos interdisciplinarios que utilizan psicología conductual, neurociencia, economía del comportamiento y ciencia de datos para capturar nuestra atención. Las plataformas necesitan nuestro tiempo de atención porque es su modelo de negocio. La atención humana es la nueva mercancía. Julián Kanarek en su último libro Omitir intro describe un cambio metodológico clave: hasta hace unos años, la inteligencia algorítmica trabajaba con nuestra huella digital: likes, follows, comentarios, listas de seguidores. Hoy ya no tenemos que decirle a las plataformas qué nos gusta: solo con scrollear es suficiente. Basta unos microsegundos durante los cuales nuestro pulgar se detiene antes de seguir scrolleando. Y, una vez identificado el patrón, lo repite como un bucle. Si pensamos la web como un océano de información; lo que las plataformas hicieron fue convertir el océano en una corriente unidireccional, calibrada para que cada usuario navegue en su propia versión personalizada del flujo.
Brainrot: el costo del bucle
Las redes sociales produjeron varias transformaciones, en distintos planos. En este bloque me quiero referir especialmente al impacto de las capacidades cognitivas. En 2024, la Universidad de Oxford eligió a brainrot como la palabra del año. Brainrot es el deterioro mental o intelectual producido por el consumo excesivo de contenidos de baja calidad. Si lo comparamos en términos de nutrición, podríamos decir que estos contenidos son comida chatarra. Esta elección no responde a una curiosidad léxica sino que es el reconocimiento de un fenómeno que la investigación académica viene documentando hace al menos una década.
Los datos son contundentes. La investigación de Gloria Mark, docente en la Universidad de California, Irvine; registra una caída sostenida en la capacidad de atención frente a una pantalla. En 2004, el promedio era de unos dos minutos y medio; en 2012, había bajado a un minuto y quince segundos; hoy ronda los 47 segundos. Esto sumado al número de notificaciones que un joven recibe en un día (estimado en entorno de 192), describe una economía mental en jaque permanente. Estudios de la Universidad Oberta de Catalunya sobre el consumo digital revela que, la franja de 14 a 35 años utiliza nuevas técnicas de lectura online, es decir: ya no leen línea por línea como en el libro impreso, sino en patrones de barrido (la conocida ‘ lectura en F’).

Modo selfie: del tener al ser visto
Si el modo scroll describe lo que las plataformas nos hacen, el modo selfie
describe lo que hacemos con las plataformas. Vivimos para mostrar nuestras vidas y
para mirar las ajenas. Somos voyeurs y exhibicionistas.
Erich Fromm en ¿Tener o ser? (1976), proponía que la existencia humana puede orientarse según dos modos fundamentales y, en última instancia, antológicos. El modo del tener organiza la identidad en torno a la posesión: yo soy lo que tengo, mi valor se mide por lo que acumulo, mi relación con el mundo y con los otros es instrumental, competitiva, comparativa. El modo del ser, en cambio, que organiza la identidad en torno al despliegue de las capacidades propias, al vínculo auténtico, a la actividad productiva en sentido fuerte, es decir, no como producción mercantil, sino como creación. En el modo del tener, observaba Fromm, que el sujeto se vive a sí mismo como mercancía: se valora según su cotización en el mercado, internaliza el lenguaje del consumo hasta para describir sus rasgos
personales, y termina atrapado en un ciclo de adquirir y perder en el que cualquier pausa contemplativa se experimenta como pérdida de tiempo. Fromm llamó a ese tipo de personalidades "carácter mercantil": aquel para el cual las propias cualidades son activos a colocar en circulación, no atributos a habitar.
Lo notable es la vigencia del diagnóstico. Fromm escribió en 1976, en plena consolidación de la sociedad del consumo, sin imaginar aun la existencia de Instagram o Tik tok. Pero la lógica que describe, la del sujeto que constituye su ser por su tener, y que termina percibiéndose a sí mismo como producto, encontró en las plataformas digitales su forma técnica más acabada, ahora dotada de métricas en tiempo real (likes, vistas, seguidores) que cuantifican el éxito de la propia cotización.
La fórmula contemporánea -tener para ser, ser para estar, estar para ser describe esa cadena. Hay que tener (bienes, experiencias demostrables), para poder ser alguien; hay que ser alguien para poder estar (visible, presente, validado en la red); y hay que estar (en la pantalla del otro) para verdaderamente ser. El círculo se cierra sobre sí mismo y no deja ningún resquicio para una identidad que no pase por la exhibición. Lo que Fromm llamaba el modo del ser, existir sin necesidad de mostrar, ser sin necesidad de cotizar, se vuelve, en la economía de la atención, literalmente irrepresentable; lo que no republica, al parecer, no sucede.
Por otro lado, en un mundo hiperconectado estamos cada vez más solos. Tenemos récords de personas con ansiedad y depresión. Familias enteras se reúnen para terminan atrapados cada uno mirando su pantalla. Estamos perdiendo la capacidad de relacionarnos como humanos no por una falla moral individual, sino porque el dispositivo está diseñado para individualizarse: cada uno con su timeline, cada uno con su versión del mundo, cada uno con sus capacidades atencionales cada vez más erosionadas. Lo que Fromm temía, una sociedad de personas que se relacionan como objetos entre objetos, no fue revertido por la conectividad digital: fue intensificado por ella. Los filtros no tapan las diferencias; la insatisfacción apenas se disfraza con selfies. Y la promesa de que las redes nos acercarían a los demás se reveló, al final, como la forma técnicamente más eficiente de mantenernos en el modo de tener, ahora con la novedad de que lo que tenemos y exhibimos somos
nosotros mismos.

Hay un detalle estético que ilustra el momento contemporáneo: hoy hemos vuelto al cine mudo. Los influencers exageran sus movimientos, gesticulan, dramatizan en silencio, porque cerca del 80% de los videos en redes se consumen sin audio. No es una vuelta voluntaria al origen: vemos sin sonido, videos que pasan rápido en un bucle permanente. La tecnología avanzó hasta volver innecesario lo que en sus orígenes era una limitación técnica. Avanzamos tecnológicamente, pero retrocedimos en materia de comunicación.
El mundo hiperconectado y el colapso del régimen informativo tradicional
La prensa nació en el siglo XVII y se masificó en el siglo XIX. La información llegaba con la edición de la mañana; cuando esa edición quedaba vieja, se inventó la vespertina. Hoy las noticias envejecen en minutos, a veces en segundos. La aceleración no es un cambio de grado: es un cambio de naturaleza. Y los datos locales lo confirman con nitidez: la Encuesta nacional sobre consumo informativo y tecnología digitales en Uruguay ( julio 2025), del Núcleo de Investigación en Comunicación de la Universidad ORT concluye que ‘’Casi 7 de cada 10 encuestados mencionó a Facebook como una de las plataformas usadas para informarse. Le sigue de cerca Whatsapp y más atrás, Youtube e Instagram. Las redes son la fuente informativa más utilizada tanto en Montevideo como en el interior, en proporciones
idénticas (68.9%), lo que indica una penetración nacional sin diferencia geográfica. Entre los públicos jóvenes emerge Tik tok; Chat GPT y otros modelos de IA generativa ya aparecen como fuente informativa para uno de cada diez encuestados’’.
Este último dato exige un paréntesis crítico. Cada modelo de inteligencia artificial tiene una postura ideológica, explícita o implícita, sobre lo que decide mostrar, omitir, contextualizar. No son herramientas neutras: son artefactos entrenados con corpus específicos, ajustados con criterios particulares, desplegados por compañías con intereses concretos. Harari lo desarrolla claramente en Nexus: por primera vez en la historia, los actores no humanos, los algoritmos, participan activamente en la red de información, ya no como meros canales sino como productores de narrativa. Esto rompe el equilibrio que sostuvo durante siglos a las democracias liberales, basadas en mecanismos de autocorrección, elecciones periódicas, separación de poderes, libertad de prensa, evaluación por pares en la ciencia, que requieren tiempo, deliberación y un sustrato común de hechos compartidos.
Fake news, posverdad y la economía de la falsedad
Una noticia falsa tiene aproximadamente un 70% más de probabilidades de ser
compartida que una verdadera. El estudio de Massachusetts Institute of Technology,
publicado en Science (Vosoughi, Roy y Aral, 2018) logra cuantificar algo que la intuición ya sospechaba: la mentira viaja seis veces más rápido que la verdad en redes sociales, llega a más personas y desciende más profundo en las cadenas de difusión. La razón es estructural: la falsedad bien diseñada apela a la novedad, a la sorpresa, a la indignación. Y son justamente esas las emociones que el algoritmo premia. La verdad, en cambio, suele ser matizada, contextual, gris. No compite en igualdad de condiciones.

Los datos del estudio ‘’Panorama de la desinformación en Brasil” del Observatorio Lupa son ilustrativos. En Brasil, la difusión de contenidos falsos creados con inteligencia artificial se triplicó entre 2024 y 2025. La maquinaria es industrial, no artesanal. En ese sentido el aporte de Giuliano da Empoli en Los ingenieros del caos es ilustrativo: detrás del aparente desorden del populismo digital hay un trabajo planificado, meticuloso, ejecutado por consultores, científicos de datos, físicos y estrategas que entendieron que la lógica de las redes premia la emoción negativa por encima de cualquier otra. El populismo contemporáneo, en su fórmula, es el cruce entre la ira y los algoritmos: una política emocional potenciada por tecnología digital, en la que el debate ideológico fue reemplazado por la movilización efectiva atomizada y personalizada.
Da Empoli describe el método: cultivar la ira de cada persona, sin preocuparse por la coherencia del colectivo. El algoritmo de los ingenieros del caos diluye las viejas fronteras ideológicas izquierda/derecha y rearticula el conflicto político en torno a una oposición simple, pueblo contra élites, dentro de la cual cualquier resentimiento puede ser reciclado como combustible. Las fakes news y las teorías conspirativas no son disfuncionales del sistema: son su producto óptimo, el contenido que mejor performa porque mejor explota los sesgos cognitivos humanos.
Los tres consensos rotos: ¿por qué creemos lo que sabemos falso?
¿Por qué la gente cree hechos que son demostrablemente falsos? Calvo y Aruguete, en Fake news, trolls y otros encantos, lo explican de manera clara. Su tesis sostiene que las Fakes news prosperan porque se rompieron tres consensos que sostienen la circulación informativa.
El primero es el consenso cognitivo: le creo a lo que creo. Si una noticia refuerza lo que ya creía, es real, aunque sea falsa. Esto se articula con el sesgo de confirmación, que describe nuestra tendencia a buscar, recordar y compartir mucho más la información que confirma nuestras creencias previas. Si alguien ya cree que tal funcionario es corrupto, basta con darle «letra» coherente con esa creencia para que la propague. El sesgo de confirmación reduce, además, el tiempo de respuesta, en redes sociales: los contenidos congruentes con la propia visión del mundo se comparten más rápido, casi sin mediación reflexiva.
El segundo consenso roto es el ciudadano: como miembro de una comunidad política, es el rechazo a toda información que vaya en contra de mi comunidad, de mi identidad. Aquí entran dos mecanismos psicológicos clave: el razonamiento motivado, razonar de manera emocional y forzada para justificar decisiones ya tomadas, en lugar de tomar decisiones a partir de la evidencia, y la perseverancia de las creencias, seguir creyendo lo que ya se creía incluso después de recibir pruebas contrarias, descalificando la fuente de esas pruebas en lugar de revisar la creencia. La cámara de eco no es, entonces, sólo un artefacto algorítmico: es también la forma en que la pertenencia identitaria filtra la información antes de que llegue a la deliberación.
El tercer consenso, el más decisivo, es el político: el acuerdo tácito entre actores políticos sobre ciertos límites éticos básicos en la disputa pública. Hoy ese consenso se rompió. Hay actores políticos que no tienen ningún incentivo para no mentir descaradamente. Lo único que les importa es lastimar al adversario y movilizar a su propia base, y las plataformas son funcionalmente cómplices de ese giro, porque premian los contenidos más polémicos, aquellos que generan más interacción, independientemente de su valor de verdad. Calvo y Aruguete muestran que esta dinámica no es accidental: la arquitectura misma de X y de plataformas similares incentiva la confrontación porque la confrontación produce engagement, y el engagement produce ingresos.
El riesgo civilizatorio
Harari advierte que cuando los ciudadanos pierden la capacidad de entablar una
conversación y se ven unos a otros como enemigos en lugar de como rivales políticos, la democracia se vuelve insostenible. La democracia no es solo un procedimiento electoral: es una conversación sostenida en el tiempo, anclada en un sustrato compartido de hechos, mediada por instrumentos que premian la deliberación por sobre la reacción. Cuando la infraestructura comunicativa que sostiene esa conversación es reemplazada por una arquitectura que premia la emoción negativa, la confrontación identitaria y la velocidad sobre la verdad, lo que está en juego no es la calidad del debate público:es la posibilidad misma del debate.
La pregunta que queda abierta no es si la tecnología nos cambió, sino que hacemos con esa constatación. Si el problema fuera puramente técnico, alcanzaría con regular las plataformas. Si fuera puramente cognitivo, alcanzaría con la alfabetización mediática. Pero el problema es las dos cosas a la vez; y además es político: tiene que ver con qué tipo de ciudadanos queremos ser y qué tipo de instituciones queremos sostener en una época en la que la atención, ese recurso escaso y finito, se ha vuelto, simultáneamente, el campo de batalla de la economía digital y la condición de posibilidad de la vida democrática.
Referencias
Calvo,E. y Aruguete, N. (2020). Fake news, trolls y otros encantos. Cómo
funcionan ( para bien y para mal) las redes sociales. Buenos Aires: Siglo XXI
Da Empoli, G. (2019, ed. cast. 2024). Los ingenieros del caos. Madrid: Clave
intelectual.
Fromm, E. (1976). ¿Tener o ser? México: Fondo de Cultura Económica.
Harari, Y. (2024). Nexus. Una breve historia de las redes de información desde la
edad de piedra hasta la IA. Barcelona. Debate.
Kanarek, J. (2025). Omitir intro. Pantallas, dopamina y aceleración democrática.
Montevideo. Debate.
Open AI. (2026) .Chat Gpt para asistencia de redacción.





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