JOAQUÍN PÉREZ DEL CASTILLO
- Sabrina Bianchi
- hace 4 días
- 11 min de lectura

Soy Joaquín Pérez del Castillo, comunicador, de 26 años.
Nacido en Salto, criado entre escuelas rurales y la ciudad de Florida, y madurado en la capital, donde inicié mis estudios en Comunicación en la Universidad de Montevideo y hoy los amplío en la Universidad ORT Uruguay.
Soy creativo, disperso y alegre. Compañero. Trabajo en una agencia de comunicación corporativa (Signo) y en un colegio (Colegio Stella Maris - Christian Brothers) como catequista. Además, lidero el proyecto María Agrotech, una asistente de IA para gestión agropecuaria.
Soy compositor y letrista de artistas uruguayos y de Cireneos Music, entre otros
proyectos musicales.
Soy católico.
Junio, 2026
De qué hablamos cuando hablamos como hablamos
En una de las primeras materias del máster tuve de profesor a Pablo Heinig: un señor de edad avanzada y sonrisa gratuita que nos enseñó que el lenguaje nació cuando el hombre empezó a cocinar su comida: la necesidad de ser claros a la hora de expresarse creó mezclas de sonidos inconfundibles, que expresaban exactamente lo que querían decir. No fuera cosa de que un cavernícola pidiera pollo al curry y le trajeran corvina al brócoli.
Bendita sea nuestra cualidad de gorditos que nos hizo necesitar del lenguaje, porque de la cocina pasamos a todo lo demás. Empezamos a expandir la cantidad de sonidos que significaban algo, y a esa mezcla musical le dijimos “palabras”. Al comienzo eran seres individuales e independientes, pero poco a poco las conectamos para que entre ellas expresaran cosas más complejas, largas y detalladas. A esas orgías artísticas de palabras les llamamos oraciones.
Empezamos a escapar de las onomatopeyas como “uhhh”, “awww” y “¡ahhhh!”, y pasamos a decir “esto es muy interesante”, “qué tierno” y “por favor no me obliguen a seguir mirando al Peñarol de Diego Aguirre”.
Nos trascendió tanto la posibilidad liberadora de expresarnos que dejamos de usarlo exclusivamente para comunicarnos con otros, y empezamos a usarlo para comunicarnos. En todo su sentido.
Empezamos a rezar, a hablar solos y, lo mejor de todo, empezamos a hacer arte. A escribir historias, mitos, canciones y poemas. Mezclas de oraciones que no buscaban dar órdenes a otros, sino dar orden a nuestro interior. Dejamos de buscar describir el mundo con ojos periodísticos o de historiadores, y pasamos a buscar la belleza mediante mentiritas que decían la verdad.
Empezamos a sentir liberación cada vez nos trascendían frases con palabras que, a pesar de ser complejas, eran tan específicas describiendo nuestra mezcolanza interna que las sentíamos solo nuestras. Se empezaron a popularizar frases que nos unen, como “confundí con estrellas las luces de neón”, “algo habré perdido que ando tan comprometido en buscar adentro tuyo algo que está adentro mío”, y “mi debilidad es el conjunto del París Saint Germain”... sí. Algo se rompió.
Hubo una época en la que aclamábamos a los Miguel de Cervantes, los Shakespeare, los José Hernández. En la que salíamos del trabajo y nos prendíamos de un libro para abstraernos del mundo con el fin de entenderlo un poco más. Encontrábamos conceptos nuevos y profundizábamos sobre ellos. Fuimos curiosos.
El superpoder de los curiosos -de los que se animan a entregar de sí para un mayor entendimiento del mundo- es que terminan capacitados para ayudar a otros a entender este mundo que los interpela. Arrigo Boito no escribió “Cuando te vi me enamoré y tú sonreíste porque lo sabías” segundos después de gritar “Mamá: ¡ya hice!”. Antes vivió muchas cosas, y escuchó y leyó a gente que sabía más que él para nutrirse de formas de decir que decían mejor que las suyas. Porque, como dice Francisco “Paco” Sánchez, para comunicar bien es necesario saber mirar, escuchar, pensar, encontrar una voz propia… pero, más que nada, se necesita entender al hombre.
Es por esto que los decidores fueron y son admirados; no son meros distribuidores de conjuntos de letras -conjuntos de sonidos- sino que son transmisores de sentido. Dice Joaquín Sabina “hay canciones que no sabemos lo que dicen, pero dicen exactamente lo que queríamos decir”. Y es que la palabra es algo que robamos desde más arriba; el mismísimo Dios la usó para crear y crearnos, junto a todo lo que nos rodea. Es un recurso divino. "En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios", narra San Juan sobre el mayor influencer de toda la historia, que -entre otras cosas- era un gran decidor.
Lo cierto es que socialmente empezó a dar pereza la idea de aprender cosas nuevas, casi como una autoimposición de cadena perpetua a la preadolescencia: la actitud cansina, desinteresada y achanchada ante la vida.
Un poco es culpa de los decidores que precedieron a estos ñoquis de la sociedad: grandes escritores y oradores comenzaron a centrarse más en la verborragia llena de lucecitas de colores por encima del contenido de lo transmitido, haciendo constantes odas a sus genios internos. En otras palabras, muchos presumidos -o imbéciles, dígaseles como gusten- empezaron a ser confundidos -por sí mismos y por los otros- con comunicadores. Entonces
muchos asumieron que los comunicadores eran -todos- imbéciles que no tenían nada digno de ser oído. Y a nadie le divierte escuchar a un imbécil (menos a los que miran a Martín Cirio, pero ese es un tema aparte).
Otro poco es culpa de la sociedad de la inmediatez -y esto lo digo a modo de perro veterinario-. Poco a poco las redes sociales nos convencieron de que la dopamina -que ha aprendido a disfrazarse de serotonina- está a segundos de distancia. De que si algo demora en ser disfrutable, es tan fácil como deslizar el dedo hacia arriba para obtener otro estímulo. Esto es todo lo contrario a la lectura, que no es inmediata, que no es sustituible por el contenido siguiente, que no es superficial. Que no es efímera.
Para que las palabras nos trasciendan no basta con que nos lleguen. Hay que
dejarlas entrar a nuestra casa e invitarlas a que se sienten en el sillón, prenderles
la estufa y cebarles unos mates. Dejarlas ser dentro de nosotros. Y una vez que
se van, quedar a solas para pensar sobre su visita. ¿Por qué me interpela? ¿Qué
me gustó de su venida?

En las redes no hay margen para procesar lo que entra. En general, ni siquiera es necesario, ya que un porcentaje generoso del contenido habla de las peleas entre dos frutas infieles, el humo tóxico de algún político sin muchas luces y el nuevo trend de bailes sexualizadores que termina subiendo tu sobrina de 8 años. Sí, mejor que eso no se siente en tu sillón.
A esto sumémosle que en las redes dejamos de ser un huevito que emite contenidos -que en paz descanses, glorioso Twitter de la década de los 2010-; ahora funcionan a modo de promoción de nuestro alter ego: una versión viajera, aesthetic, y disfrutadora de la vida de nosotros mismos. Versiones tan copadas que hasta a veces las envidiamos; son versiones solidificadas, claras y sin fisuras, coherentes con lo que se espera de ellas. ¿Coherentes con lo que queremos?
Y es que empezamos a consumir tantas cosas efímeras -con esos lindos promedios de 4 horas diarias en redes sociales- que ya no tenemos tiempo para consumir cosas que nos trasciendan. Para escuchar, para leer, para pensar. Y como ya no tenemos tiempo para aprender palabras, para recibir ideas que nos ayuden a descubrirnos y transformarnos, ya no tenemos muchas palabras para entender el mundo. Ya no tenemos palabras para decir. No sabemos salir de lo básico. No tenemos voz propia.
Los adolescentes de ahora te cuentan que están re cogi, en cualca o pirando. Y
no es que les dé pereza entrar en detalle -que sí les da, aunque le dicen fiaca-,
es que no saben cómo. Su incapacidad de concentrarse durante más de 40
segundos en un libro es parte de la masacre de la que son víctimas -que lo son,
es el mundo en el que les tocó vivir-, pero a esto se le suma otra cara del
contexto que los cachetea: las palabras empezaron a ser desvinculadas de su
sentido.
Sí, las palabras nacen para definir las cosas que existen, pero hay una ola de personas aburridas -los luchadores de causas sin sentido- que se esfuerzan en complejizar más aun un mundo suficientemente complejo. El lenguaje empezó a quedar teñido por tintes sentimentalistas -baratos-, donde terminan importando más los posibles usos abusivos o degradantes de una palabra que lo que dice la palabra en sí.
Uno ya no puede decir “viejo” hablando sobre una persona mayor. “Viejos son los trapos”, contestaría con voz burlona Micaela, fingiendo que viejo no viene de“vejez”. Tampoco se puede decir que una persona es gorda; es un ser humano en situación de retención de grasas y líquidos. Y así poco a poco vamos fingiendo que no tenemos palabras para describir las cosas que existen, entonces empezamos a perder herramientas para dar sentido al mundo. Porque, si se nos son quitadas las palabras más básicas que describen lo más evidente, ya no hay posible curva de aprendizaje hacia aquellas palabras que describen lo más abstracto y complejo..
Nos acostumbramos tanto a la idiotez de prohibir palabras que hasta los que se dedican a transmitir cosas mediante textos han pasado de víctimas a victimarios en esta censura sistematizada; en una materia de redacción tuve de profesor al editor de un diario importante, en el que es columnista. Corrigiendo mis textos me decía que le encantaba mi ritmo, mensaje y recursos, pero que usaba demasiadas malas palabras. Malas palabras. Voy de nuevo: una persona que se dedica a escribir cree en la existencia de las palabras malas.
La tendencia de las malas palabras se casó con el clickbait para condenar a muchos periodistas a ser meros generadores de expectativa entre titulares con signos de pregunta e introducciones más largas que la espera de un cubano por que termine la dictadura castrista.
Pero los decidores condenados a decir poca cosa no viven solo en el periodismo. Véase en los encargados de comunicación interna que escriben mails, mensajes de grupos de WhatsApp y newsletters que parecen hechos con IA. Emojis, frases infladas que no dicen nada y mensajes clave que terminan perdidos entre tanta burocracia. Y es que la burocracia es de lo mayores enemigos de las palabras. De los mayores enemigos de la comunicación. Porque agrega volumen, pero nunca valor. Recuérdese la frase de Blaise Pascal “si hubiera tenido más tiempo, te habría escrito una carta más corta” -no les permito juzgar este ensayo por su longitud. Estoy escribiendo a contrarreloj-.
La Alemania post Gran Guerra se vio sumida en una profunda crisis económica, por lo que millones de alemanes no tenían para comer. La solución del gobierno fue el más clásico de los ilusionismos gubernamentales: imprimió dinero. Imprimió tanto que la inflación aceleraba a ritmos incalculables, al punto de que bolsones de billetes no alcanzaban para comprar el almuerzo del día. Lo mismo pasa hoy con las palabras.
Si uno sobreimprime palabras y atomiza al oyente con un montón de letras y sonidos que no dicen absolutamente nada, el valor de la palabra se degrada. Entonces la gente deja de buscarlas. Si un mail corporativo o una nota periodística tienen un contenido digno de 80 palabras, pero tú se lo acercás al oyente lleno de perlas de plástico de Tristán Narvaja que lo transforman en un texto de 250 palabras… y, capaz que la gente no va a pagarte la atención que requiere, por lo que no les llegan ni las 80 que sí valían la pena.
Y si ya nadie emite cosas que ayuden a decodificar el sentido de la vida y la existencia individual, pasamos a que las personas que nacen hoy tengan la misma incapacidad de descifrar(se) que tenían los hombres de hace millones de años. Lógico que van a terminar embanderados por causas alocadas e incluso incoherentes entre sí, pues están buscando desesperadamente sentido.
Nadie quiere ser uno del montón. Todos quieren ser diferentes -como todos los demás-. Y no hay mayor forma de distinguirse que sumarse a la gran causa (cualquiera sea la del momento; todas venden ese diferencial moral de novela de Cris Morena), causas que no requieren de mayor esfuerzo que decir “Sí, señore”, pintarse la cara color esperanza y juzgar, a lo lejos, a todo aquel que camine por la vereda de enfrente. Y consumir las palabras que nos den los nuestros (o ladridos, en el caso de los therian. Guau guau para ellos).
Como comunicadores tenemos la obligación de superar el rol de logotraficantes, entregando al mejor postor lo que dice querer escuchar. Tenemos un deber moral mucho más alto. El deber de incomodar, de intentar traspasar esas capas de mierda y cemento que tapan a la gente a modo de cápsula, prohibiéndoles el ingreso de la luz que dé claridad a su interior y la salida de lo que sea que necesite salir. Esa capa que los vuelve inmutables ante un mundo constantemente en cambio, cada vez más ajeno.
Tenemos un compromiso con la verdad.
Tenemos el deber de ser honrados con la tarea que nos permite el don que nos fue regalado. Somos comunicadores no por saber diluir mensajes en un mar de sonidos vacíos. No somos barmans que le meten mucho hielo al vaso para subir la ganancia del local; somos sommeliers que buscan mostrar el potencial y poder de esa esencia.

Es verdad que es difícil comunicar a una sociedad cada vez menos curiosa, pero depende de nosotros amoldarnos al sistema del mercado de artículos carentes de significado o empezar la revolución del sentido en los sonidos a emitir. No nos tapemos los oídos ante un mundo saturado que pide a gritos más silencio, y solo sonido que tenga razón de ser. Que colabore, que acompañe.
Lean más, escuchen más, piensen más, tengan una voz, conozcan a las personas. Amen a las personas. Tengan algo para decir.
Normas EPA
Gracias a Dios y a la coherencia de la docente, este trabajo no solicita normas APA, por lo que decido regalarme a mí mismo este espacio para incluir mis Normas EPA. “EPA” es una onomatopeya rioplatense que, a modo de queja, obliga al prójimo a frenar su andar para que justifique su actuación. Por eso, mis normas EPA son mi momento de agradecer a aquellos que han contribuido a quien soy como comunicador (que implica intrínsecamente parte de quien soy como persona). Por tanto, es agradecer a todo aquel que permitió la existencia de este ensayo tan pretencioso. Señor lector, queda usted relegado de la obligación de leer lo que continúa, ya que no es esto más que un mimo a mí mismo y a todo aquel que valoro.
Agradezco a Roy Berocay por ser el primero en engancharme con un libro. Por revelarme el poder extraordinario de las historias. Agradezco entonces al Sapo Ruperto, dondequiera que esté durmiendo. También aprovecho para sacarme el sombrero simbólico con CharlesBukowski y Raymond Carver, que con sus estilos me ayudaron a sobrepasar el romanticismo con el que pensaba a la redacción. Vaya un abrazo, entonces, a Antoine de Saint-Exupéry, José Mauro de Vasconcelos, Susana Olaondo, J. K. Rowling y C. S. Lewis por haberme hecho un romántico en primer lugar.
Agradezco a Álvaro Pérez, María José “Fefi” Hughes y Victoria Gómez por recordarme la razón por la que elegí la carrera de Comunicación. Por ayudarme a volver a enamorarme de las palabras justo a tiempo, mostrándome a los decidores adecuados. También a Andrés Roizen por recordarme -con sus calificaciones- que no era tan bueno como creía, y por obligarme y ayudarme a serlo. A Agustina Centurión y Tomás de León por mostrarme lo cerca que puede uno tener a un excelente transmisor de mensajes y emociones mediante palabras. Y entonces así un gracias a distancia a esos que no conocí, pero que me hicieron conocerme, como Leila Guerriero, Francisco Sánchez, Homero, María Zambrano, José Ortega y Gasset, Viktor Frankl, Truman Capote, James Hunter, San Juan, Susan Sontag, Elizabeth Gilbert, Jimmy Carr y tantos más para los que no me alcanza la memoria -y los caracteres-. Y a Sabrina Bianchi, por encender la chispa para que todo este gas sea fuego.
Un gracias especial a Martín y Ana Clara, mis padres; a Luis, Margarita, Donna y Martín, abuelos que criaron a semejantes progenitores y me hicieron heredar una familia espectacular; a mis hermanos: Male, Tomi, Mauri y Jochu, enemigos de la infancia y compañeros de vida; a mi enorme y envidiable (les permito envidiar) familión; a mis tantos (tantísimos) amigos que me acompañan en el día a día; a mis psicólogos y guías espirituales: Dani, Seba, Gordo, Gonza, Tute, entre tantos otros. A todos ellos que me empujan a ser mejor tipo, y por tanto mejor comunicador.
Y por último y más importante, gracias a Dios por los dones que me fueron dados, y por las oportunidades de potenciarlos, de mostrarlos y que lleguen. Gracias por la vida y las condiciones que me tocan. Querido lector, si llegaste hasta acá, vaya mi invitación a que conozcas a Jesús. Puedo equivocarme en cualquier mensaje que precede a este, pero en este no: Jesús te cambia la vida. Es la Luz de la que toda hermosura habla. Es la justificación más grande a la existencia de las palabras. Uso las mías para hablar con Él y compartirlo. Hasta aquí mi misión. Ahora solo los invito: escuchen de Él. Piensen en Él. Hablen con Él. Hablen de Él. Aunque sea sin palabras.





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